dimecres, 9 de novembre del 2011

Otra vez elecciones


   Ya vuelven a estar aquí. Los políticos ya vuelven a pedirnos el voto para las próximas elecciones del 20 de Noviembre. La verdad es que el panorama es desolador. Ya no hay posibilidad ni siquiera de prometer otros famosos 400 euros con los que el señor Zapatero quiso comprarnos las pasadas elecciones. Las arcas están vacías. El descrédito de su gobierno es tal que ha supuesto que al señor Rajoy  ya no le haga falta ni siquiera regalarnos los oídos con promesas de las que más tarde se arrepentiría. Puede decir abiertamente que recortará aquí y allá tranquilamente sin que ello le suponga la más mínima merma de votos. Es el resultado de la faena mal hecha.





   De todos modos, mal haría el señor Rajoy de creer que los resultados que cosechará estas elecciones su partido, donde es más que probable que obtengan la mayoría absoluta, sean debidos a la confianza que se le tiene para liderar el país y que su programa es bendecido por los españoles. Simplemente ganará por lo mal que lo ha hecho Zapatero. Éste ha decepcionado a sus votantes, los indignados no votarán –y esto es un voto mayoritariamente de izquierdas-, mientras que el electorado del Partido Popular está totalmente movilizado. Al señor Rubalcaba le pesa demasiado la losa que supone la herencia de Zapatero, a pesar de que ha sido el mejor ministro que ha tenido. Ahí está su labor al frente del Ministerio del Interior, donde fue una pesadilla para los terroristas.
   Esperemos que pasen pronto las elecciones, los políticos descansen y nos dejen descansar (de oírles, naturalmente), y que mejore la situación económica mundial a pesar de lo difícil que lo han puesto ellos mismos. 

dimarts, 8 de novembre del 2011

Las gasolineras o los nuevos supermercados


   Si uno va a la carnicería, lo lógico es pensar que ese establecimiento se vende carne. Si va a una pescadería, se vende pescado. Si uno va a una zapatería, se venden zapatos. Pero si uno va a una gasolinera, podríamos decir que el negocio principal ya no es la venta de gasolina. Cuando voy a repostar mi vehículo, muchas veces tengo que hacer cola porque hay gente que utiliza la gasolinera como un mini-supermercado. Allí compra el pan, la bebida, la comida, el periódico, las revistas, las golosinas, y, si aún les queda dinero, quizás hasta le ponen gasolina al coche. Puedo entender que alguna vez te encuentres en un apuro, sea domingo, los supermercados y comercios varios estén cerrados, y entonces tengas que recurrir a comprar lo imprescindible en alguna de las gasolineras que están abiertas, pero lo que hacen algunos es hacer la compra directamente en la gasolinera. Parece que no les importe que allí la comida sea más cara que en la tienda de comestibles. Y encima los hay que compran productos y no repostan gasolina. El producto estrella es el pan. Seguro que se vende más pan en las gasolineras que en las panaderías (¡y vale casi el doble!), para enfado de éstas.



   Sólo falta que en las gasolineras pongan carritos de esos que hay en los centros comerciales, en las grandes superficies. Como los mostradores de las gasolineras no están hechos para servir de caja de supermercado, es lógico que el vendedor tarde una eternidad en marcar todos los productos que la gente compra, los ponga en una bolsa de plástico y se forme una cola que desespera al más pintado y da ganas de gritarle al comprador: “¡La compra del mes se hace en el supermercado, no en la gasolinera!”. Pero bueno, como todo negocio venden lo que les dejan, así que seguiremos allí, en la cola, esperando que la gestión de repostar la gasolina que debería ser una cosa rápida, sea cada vez más duradera.

dilluns, 7 de novembre del 2011

Sobre la destrucción de la escultura en el museo de Dortmund

Me van a perdonar, pero yo que de "arte" entiendo más bien poco no alcanzo a comprender el revuelo que ha causado la noticia del supuesto destrozo de una "obra de arte" en Dortmund al quitar una señora de la limpieza una mancha que formaba parte de la obra en cuestión. He visto la obra y no creo que haya para tanto. ¿Tan difícil es volver a poner la mancha otra vez? A lo mejor es que el señor artista no es capaz de volver a hacer lo mismo y eso le salió por chiripa. Me recuerda al chiste aquel del hombre que va al barbero y le dice:
   -Quiero que me deje la patilla derecha más corta que la izquierda, el flequillo que del lado derecho me llegue a la ceja y por el lado izquierdo lo deja a tres centímetros por encima. De largo me lo deja todo lleno de trasquilones y me lo tiñe todo de azul cobalto.
   -Oiga, no sé si sabré hacer lo que me pide- contestó el barbero.
   -¿Que no sabe si sabrá hacerlo? ¿Cómo se cree que me lo dejó el mes pasado?
 
   Pues eso, hay obras de arte y obras de arte. No discutiré que hay pinturas bien pintadas y pintores que pintan bien, esculturas bien esculpidas y escultores que esculpen bien, pero es que hay casos como el de la escultura que nos ocupa en los que vamos, no creo que valga ni mucho menos el millón de dólares en que lo han valorado. Lo que pasa es que hay gente que se sabe vender muy bien.




   Pero lo que más me extraña de este asunto es que la limpiadora en cuestión no se haya dado cuenta de que estaba metiendo mano a una escultura (venga, aceptamos pulpo como animal de compañía). No me lo trago. Ahí tiene que haber algo, o una apuesta o una gamberrada. Por muy tonta que sea una persona no puede serlo tanto como para ignorar que la escultura formaba parte del museo. Viendo la obra de arte, ¿se creería que son unas escaleras? ¿unas maderas que algún trabajador se olvidó en medio de la sala de exposición? Lo siento, no me lo creo.

diumenge, 6 de novembre del 2011

El barco

   Hay veces en que una excelente idea se malogra a la hora de ponerla en práctica. Esto ocurre con una serie de televisión que sigo desde el comienzo de la misma. Se llama "El barco", en Antena 3. La idea general de la serie es muy original, pero cuando ves el desarrollo de los distintos capítulos te das cuenta de que ni los guionistas, ni los actores, ni el director no saben salir airosos y no está a la altura de su función. No se si será cuestión de presupuesto o de tiempo, pero esto sería impensable en una serie americana o inglesa.



   La trama de la serie se desarrolla en un barco en el que tras una tormenta parece que se quedan sus tripulantes solos en el planeta. Hasta ahí bien, la cosa promete. Pero pasan los capítulos y los personajes se van desdibujando hasta convertirse en unas caricaturas. El capitán del barco y su segundo se convierten en un dúo humorístico y los bufones de la embarcación. Y son más tontos que Abundio, que echó una carrera solo y llegó segundo. Las situaciones personales de los distintos protagonistas están tan forzadas que los actores fuerzan los gestos, las risas. Aparte de eso, los actores son guaperas y de dicción no tienen ni idea, ya que no se les entiende nada cuando tienen que gritar. ¿Y que decir de la coca-cola? En cada capítulo salen los productos de esa marca de refrescos, menos mal que el mundo se ha acabado pero la coca-cola no. Será que da sensación de vivir. Y los tripulantes no parece que racionen ni la comida ni la bebida (coca-cola, por supuesto). Naturalmente no faltan las relaciones sentimentales de los personajes. Hay una chica que desde que empezó la serie está embarazada (y ya va por la segunda temporada) y la tripa ni se le nota. Tiene un tarambana de pretendiente y últimamente otro chico que es sacerdote también se ha enamorado de ella. Otra, la lumbrera de la serie es pretendida por el capitán del barco. Esta lumbrera sabe hacer de todo. Hasta opera con éxito de una apendicitis al capitán solamente leyendo un libro como el que sigue una receta culinaria, que por cierto se curó en lo poco que quedaba de capítulo. Es la que domina el tema científico de la serie. Los dos se atraen, se gustan y se quieren, pero ninguno de los dos da el paso. Tan pronto se hablan de tú que de usted. Por último, están los que en teoría son los personajes principales de la serie: Ulises y Ainoha. Estos si que no tienen desperdicio. Están enamorados pero por razones que creo que ni ellos mismos se aclaran, tienen una relación intermitente. Aunque creo que la explicación lógica es que siendo ella la hija del capitán ya está todo dicho. De tal palo, tal astilla.
   Pero bueno, seguiré viendo la serie y aguantaré tanta pérdida de tiempo, no sea que el desenlace me sorprenda y satisfaga mi curiosidad.

divendres, 4 de novembre del 2011

El cotilla o chafardero


   Hay un género humano que deambula a nuestro alrededor como si fuera nuestra sombra. Quiere pasar desapercibido, pero notas su aliento en el cogote. Hay muchos, unos más  disimulados que otros, pero todos terminan por ser descubiertos. Son los chafarderos o los cotillas.
   Tengo un compañero de trabajo que es un chafardero increíble. Estas en una conversación con algún o algunos de los otros compañeros y llega él, reduciendo la marcha para escuchar de que se está hablando. Viene uno de los jefes a dar trabajo, y el susodicho pasa cincuenta veces por delante como el que pasa por allí a ver si nos está diciendo algo importante para enterarse él también. Tiene su grupito, su red de espionaje, gente que como él le gusta meterse en las conversaciones ajenas y está al corriente de todo lo que acontece en la empresa. Es amigo de la chica de la centralita telefónica, que está situada en la entrada a la empresa, por tanto sabe quién entra y sale, sabe qué clientes nos visitarán ese día, sabe cuándo se reúnen los representantes de los trabajadores con la empresa y trata de averiguar los temas discutidos… También se ha buscado amistades en la planta de los directivos, concretamente con las secretarias que le informan de los pedidos de los clientes, de qué producto piden y para cuando lo piden. Busca, indaga acerca de la progresión de las ventas, sabe si va bien o va mal. Está muy preocupado por las vacaciones de los demás, más que de las suyas. Intenta averiguar el sueldo de cada uno y lo que hacen los demás fuera del trabajo. Si falta alguien en la empresa, es el primero que tiene que enterarse quién y por qué no ha venido, para comunicarlo lo antes posible a sus amigos, antes de que otro como él le reviente la exclusiva. Este hombre, debe ser el que tiene las suelas de los zapatos más gastadas de toda la empresa, ya que todo el día está yendo de un lado a otro de la fábrica para enterarse de todas las novedades y supongo que debe terminar el día completamente exhausto tanto física como mentalmente, ya que además tiene que hacer algo que no le debe gustar tanto, como es el trabajar.



   Pero como ya sabe todo el mundo cómo es, en el pecado lleva la penitencia y también se le toma el pelo con suma facilidad. Por ejemplo, recuerdo el día en que los jefes de los distintos departamentos de la fábrica comentaron en voz alta que ese año (por aquel entonces no había ni el más mínimo atisbo de crisis) no habría incremento salarial, y él, que tanto le gusta oír las conversaciones ajenas pilló el comentario al vuelo, y lo fue contando por ahí. Naturalmente era una broma que le estaban haciendo. 

dijous, 3 de novembre del 2011

La impuntualidad es una falta de respeto, no de tiempo


   La puntualidad se tiene o no se tiene. Es algo innato en la persona. Hay quien siempre llega puntual a los sitios y hay quien siempre llega tarde a los sitios. Hay quien toma sus medidas para no llegar tarde y hay a quien no le hace falta, ya que allí estará como un clavo a la hora fijada. Por el contrario, hay quien llegará tarde sea cuales sean las circunstancias. Hay casos en los que hasta tienen que citar a los tardones con media hora de adelanto para que los puntuales no estén de plantón esperándolos. Recuerdo que hubo una temporada en la que adelantaba el reloj unos minutos para asegurarme de que no llegaba tarde al trabajo. Pero entonces pasaba que no vivía en la hora  correcta y tenía que calcular unos minutos menos a la hora marcada en el reloj para saber a la hora que vivía. Tenía una hora en el despertador, una en el salpicadero del coche, otra en el reloj del comedor… Pero llegó un día en que dije que no podía ser y desde entonces  tengo todos los relojes a la misma hora, la real, y me espabilo para llegar puntual.



   De todos modos, al que es de llegar tarde no le importa mucho el tener una persona esperando. Llegará tarde sí o sí. En la empresa en la que trabajo teníamos la hora de entrada a trabajar fijada a las ocho de la mañana. La mayoría de los trabajadores llegaban antes de esa hora, pero había un grupito, siempre el mismo, que llegaba unos minutos tarde (curiosamente eran del pueblo donde estaba ubicada la empresa, mientras que los que vivíamos a treinta kilómetros éramos los más puntuales). Un año, al elaborar el calendario laboral del año siguiente, el comité de empresa y la empresa misma  acordaron empezar a las ocho y cinco minutos de la mañana. Lo lógico es pensar que daría tiempo a que los que antes siempre llegaban tarde ahora con el nuevo horario llegarían puntuales. Pues no, si antes llegaban a las ocho y cinco cuando tenían que entrar a las ocho, ahora resultaba que en vez de a las ocho y cinco llegaban a las ocho y diez. ¡Y aún había gente que decía que no pensaba levantarse antes para llegar a la hora! 

divendres, 28 d’octubre del 2011

Una de ejecutivos agresivos


El otro día fui con mi mujer a hacerse unas gafas nuevas a una óptica (claro, no va a ser a una carnicería, je, je) ya que las que tenía tenían los cristales rayados. Era una óptica de una cadena muy conocida. Nos atendió una chica joven que le hizo a mi mujer la previa revisión del estado de su vista. Una vez terminada la revisión, automáticamente nos hicieron pasar a una apartado con su mesa y sus sillas donde se encontraba él, el  “yotevendohastaamimadre”. Nosotros llevábamos las gafas antiguas, ya que lo que pretendíamos era simplemente cambiar los cristales, no la montura. Queríamos aprovechar la montura antigua, que estaba en perfectas  condiciones, para ahorrarnos un dinerillo. Lo primero que nos dijo el Anibal de los ópticos, es que no valía la pena, que sería más barato comprar unas monturas y unos cristales nuevos, ya que tenían una oferta en la que las gafas salían a mitad de precio, pero eso sí, siempre y cuando compráramos la montura. Siempre que hemos  comprado unas gafas, nos han costado alrededor de los 300 euros, así que haciendo la cuenta de la abuela, lo lógico es suponer que unas gafas con ese magnífico descuento nos saldrían por 150, ¿no? Además, tenían la magnífica oferta de 2x1, en la que nos beneficiábamos de más descuento si comprábamos otras gafas. Como nosotros queríamos sólo unas gafas, rechazamos la oferta. ¿Para qué queremos dos pares de gafas si sólo necesitamos un par? ¡Si lo más seguro es que te cambie la graduación antes de que tengas que usar el segundo par de gafas!



   No hay nada más molesto para una persona que vaya a comprar una cosa concreta que el vendedor te salga por peteneras y te empiece a calentar la cabeza con ofertas de todo tipo. En la actualidad nos encontramos con que un artículo ya no tiene el precio que marca la etiqueta, siempre está el pero, “pero si compras dos…”, “pero si eres socio del club tal…”, “pero si tienes nuestra tarjeta de crédito…”, con el que dicen que te puedes beneficiar de descuentos. Es una práctica molesta. Si yo me quiero comprar un gel de baño y vale tanto, quiero un gel de baño que vale tanto, no un gel que sea más barato si compro dos o tres, o si lo compro con una tarjeta determinada.



    Volviendo al tema del avasallador de los ópticos, acordamos el tipo de montura donde iban a alojarse los cristales y tras las pertinentes gestiones pagamos y quedamos en un día para recoger las gafas. Pero eso sí, antes de irnos no podíamos hacerlo sin antes oír la magnífica oferta de dos gafas de sol por cuarenta euros. Ah! Se me olvidaba, las gafas nos costaron 350 euros. O sea, igual que en cualquier otro lugar. ¡Menudas ofertas!